Las personas que no somos expertas en crítica de arte y que no conocemos el ir y venir de opciones y modificaciones de los artistas de un mismo entorno no tenemos más remedio que limitarnos a cualquiera de las reacciones que su obra nos provoca, sea el placer o la inquietud, sea la indiferencia o la curiosidad. Podemos también extremar la mirada para descubrir su evolución y su desarrollo, pero tal vez este aspecto no está tan claro en la mayoría de los artistas, o no se nos manifiesta si no conocemos su obra anterior. En el caso de Delia Piccirilli, para mí, que conocía su pintura de figuración narrativa con sus metáforas y sus mitologías, la pregunta fue inmediata al ver el despliegue de color como único protagonista del lienzo. ¿ De donde procede, me pregunté, ese cambio radical en la visión del mundo, en la propia estructura de la pintura, en esa intervención de la autora en un entorno abstracto de manchas y matices , colores intensos que parecen dejados al azar? Es evidente que se ha producido en delia una crisis profunda que la ha llevado a ese cambio, como si hubiera querido, llevada por la voluntad y la exigencia de su creatividad, a un proceso de cambio y de limpieza de sí misma y del pasado, tal vez para deshacerse de la carga excesiva de la propia figuración. Y es este proceso el que la ha llevado a centrarse en el color, en dejarlo fluir, licuarse y moverse por el lienzo ante su atenta mirada para conseguir el fondo evanescente de matices sin fin en su camino por los derroteros del azar, y para ser ella misma la que intervenga en el último momento con un trazo firme, geométrico casi siempre, como si quisiera con él reordenar el entorno de los matices y caprichos del color, recomponer y delimitar su propia fantasía, tensionar, inquietar, provocar, y hacerse con la firme autoría del esplendor del resultado.
El arte es búsqueda, nunca repetición ni aprovechamiento de lo que se ha alcanzado por más excelso que sea. El arte es un campo abierto cuya exigencia nos hace descubrir sus posibilidades. De ahí que la belleza de estos cuadros de Delia Piccirilli tengan la rotundidad no sólo de las deslumbrantes manchas de los colores acrílicos y delas huellas planas de formas contenidas que a ellas se contraponen, sino de toda la tensión de un proceso de superación y de investigación que, afortunadamente para la pintora y para los que los miramos, seria vano intentar conocer adónde se dirige, cuál es su destino final. Porque si algún dato incierto, si alguna previsión, se hubiera deslizado entre colores y formas, nos abriera la puerta y nos contara el devenir de la historia, ese proceso habría encontrado su propio techo, lo que hoy por hoy no es asi. Al contrario, ante los lienzos grandes o pequeños, ante las pinturas sobre papel, se tiene la impresión de que nos encontramos frente a un paisaje inacabable cuya mayor cualidad, se diría, ese es el atractivo, la atracción, que provoca en los ojos fascinados que lo contemplan exigiéndole una participación que, a fin de cuentas, es uno de los grandes milagros de la creación y del arte.
EI coraje y el riesgo son patentes en esas combinaciones de azar y de dominio, de color y de formas, por las que asoma aun sin pretenderlo todo el proceso de reestructuración de la propia forma de entender la pintura y de la dificil y al mismo tiempo complaciente relación que Delia arranca al acto mismo de pintar. Como la vaga y difusa dificultad que sentimos en un primer momento los que vemos sus cuadros, que se convierte al cabo en profundo deleite ante una obra abierta de mil resonancias que además nos sugiere, entre otras cosas, el vasto mundo de la belleza, de las sensaciones y de los placeres que nos llevan a compartir la creatividad de la artista y a formar parte de su complicidad.
Rosa Regás.