Ciclones mudos de sensualidad, Francisco Nieva

Hay en la pintura de Delia Piccirilli un énfasis natural, un énfasis y amplitud respiratorios. El imprevisto accidente de la línea, las pinceladas largas y entusiastas, todo ello como en un movimiento rotatorio, envolvente, hacen de sus cuadros ciclones mudos de sensualidad. Apoyada temáticamente en un mundo clásico, de bellas abstracciones mitológicas, el resultado -moderno- que Delia extrae de ese comienzo figurativo es totalmente inverso, opuesto a la quietud clásica. Hay ante todo una unidad de emoción y de estilo en su obra que la define como artista profunda, que se toma el tiempo necesario para sentir y desarrollar esa emoción particular hasta los límites en que se agota y aparece una variación consecuente que hace evolucionar el estilo y caer en otro problema. Lo más clásico de Delia Piccirilli es que no tiene nada de versátil y parece saber muy bien lo que quiere. Y lo que quiere, en ​resumidas cuentas, es bañarse en pintura como alguna de sus Susanas esponjosas y espumeantes; complacerse, mecerse en un nido de vientos, fuegos y relámpagos de color.

Tiene un sentido muy directo, inequívoco, de lo que es la belleza y su complacencia en ella misma. Es muy posible que Italia le haya exacerbado su gusto por lo más fastuoso de la pintura, pero dominada por un sentimiento grave, por una necesidad de ser efectivo más que efectivista. Ese equilibrio en cualquier joven pintor es difícil de obtener. En Delia Piccirilli, en sus grandes formatos, eso es evidente. Se libra de hacer una gran pintura superficial porque hay en toda ella un aspecto meditativo que la hace gravitar, que la obliga a ser profunda y atrevida consigo misma.

Es muy agradable para mi ver nacer y desarrollarse una pintura como esta, moderna sin angustia, alentada por el genio de la armonía y por la sensualidad del instinto. Yo diría que enfáticamente sincera. 

Texto para el catálogo del Museo de Bellas Artes de Santander.