“Escaliers de nacre et lents
reflets de vieux verres de lanternes”
André Breton
Hay territorios que pertenecen a la vigilia, hay territorios que pertenecen al sueño, pero los realmente fascinantes son esos territorios mestizos donde el sueño y la vigilia se mezclan y se confunden.
Esas zonas mágicas en las que, como en verdaderos pozos negros, nos precipitamos y en donde se producen esos prodigios oníricos que alimentan la poesía y el arte. Aquellos que alguna vez hayan sufrido el castigo indoloro del insomnio comprenderán mejor lo que quiero decir. Yo acabo de pasar uno de esos períodos de desarreglos del sueño que suelen causar la extravagante forma de viajar en el tiempo que nos proporciona la aeronáutica, y estas últimas noches de confusión me han servido para pensar en la obra de Delia Picirilli de una forma menos fría, menos racional, más poética.
Hace ya muchos años que sigo de cerca su firme trayectoria de artista, pero hasta el mes de julio, en el que vi su última producción y me pidió un breve texto para su primera individual en Madrid, no me había percatado de que su trabajo tenía un lugar en esa zona fértil de la conciencia.
En la dispuesta penumbra, en el esfuerzo para dejar la realidad y entrar en el reparador estado del sueño, he pensado este prólogo, he soñado con las palabras de este prólogo y he tratado de leer en su libro mudo de alquimista cada una de las imágenes que la memoria guardaba. No sé si he soñado sus dibujos en la vigilia o si son los frutos perversos del mundo de los sueños inventados por el que se cree despierto. Pero no puedo menos que confesar lo que he sentido.
Hay firmeza, resolución, y hay también fineza. Hay dominio, vigor, voluntad, y hay también belleza. Hay fuerza de color, gracia de dibujo, y hay también emoción. Búsqueda de los arquetipos, volver la mirada a la alegoría clásica, pero con los ojos nuevos y el trazo moderno de la juventud. Respeto al pasado, amor a Italia, conocimiento de la tradición, y a la vez una increíble presencia del presente. Delia Picirilli tiene la seguridad y tiene la aventura. En ese silente devenir de las imágenes he visto el vértigo de la anatomía de Gustave Moreau, desde lo alto de la escalera de caracol de la gran sala de su capilla parisina, y he visto también el acento visionario de William Blake, y la Divina Comedia y el verso arcaico de la epopeya de Gilgamesh. Una intermitencia de símbolos, de referencias mitológicas, de llamadas poéticas, de alusiones universales, tocadas por alguien que conoce y usa con sabiduría esas armas poderosas.
Extraño fin de siglo este, desprovisto ya del anhelo futurista, en el que artistas como Delia Picirilli ansían mirar hacia la tradición para realimentar el presente, para guiarse en las incertidumbres creadas por la conciencia de que es imposible el progreso perpetuo. Extraño fin de siglo que repite con selvas oníricas.
Es un territorio sutil, pero frondoso, de fuerzas ocultas, pero determinantes. Veo llegar las obras de Delia, que raudas atraviesan el tiempo en su vuelo y entintan gruesos papeles vivos con su sesgo también esencial.
Marcos Ricardo Barnatán
Madrid, septiembre de 1993
Texto para el catálogo de la Galería Almirante 1993