Las suaves palabras de metros arcaicos masajean los oídos que conturbados excitan a las manos que sujetan los pinceles. Las aladas palabras llegan flotando a borbotones y, como el color, inundan el espacio. E oído atento puede escuchar en ellas antiguas historias que atraviesan el tiempo. Son aquellas historias en verso que Homero y Ovidio narraban. O son, tal vez, historias distintas, nuevas, que conservan el mismo ritmo y color de las antiguas trovas. Es, posiblemente, de noche. Por el aire planean rumores que proceden de lejanos lugares. Rugidos y estruendos que quedan flotando en el aire como testimonio de aquellos doce trabajos que Hércules tuvo que realizar para Euristeo. Si se presta atención se percibe a lo lejos el trémulo berreo del berraco que asolaba la Arcadia, dominado por el musculoso brazo de Hércules. Poco tiempo después, apenas unos siglos, Nicolás Poussin detiene su mirada en el momento en que los pastores reconocen, grabado en la piedra, el lema ET IN ARCADIA EGO, testimonio de la felicidad perdida.
Ahora esa mirada, es retomada por Delia Piccirilli, quien recorre los lienzos de antiguos museos buscando, como aquellos pastores felices, las formas y los colores, la luz y los sonidos de mitos dormidos. Se deja seducir por las musas y actúa como un heraldo que transporta el mensaje de Zeus. Y, en sus manos, estas historias se despliegan una vez más ante nuestros ojos con tal fuerza que los colores arrebatan sus dominios a las ritmadas palabras del verso. Como a Orfeo le toca ahora a Delia Piccirilli narrar esos hechos ya acaecidos, pero no con el canto rimado de los poemas épicos sino a través de la pintura que, como explicaba Horacio es muda poesía.
En “Della pittura” recomienda León Batista Alberti: “Conviene al pintor conocer a los poetas e historiadores, que les proporcionarán temas de universal interés”. muchos pintores, cegados por la luz de la modernidad, desoyen el consejo de Alberti; no es el caso de Delia Piccirilli, quien busca en los poetas clásicos historias como aquella de una hija del rey de la Arcadia que, confinada en su torre exhibe su hermoso cuerpo al mundo. Otros pintores del barroco cautivados por tan provocadora actitud han dado imagen y forma a Danae. Hoy esas imágenes vuelven a cobran nueva vida en esta exposición, en la que se presentan algunos antiguos temas iconográficos de la mitología que, en manos de los pintores barrocos, sufrieron una transgresión de la verdad histórica a favor de la verdad pictórica. La nueva verdad pictórica requiere, a su vez, de nuevas trasgresiones hasta convertir estos iconos en imágenes contemporáneas.
La Historia enseña. Pero la historia requiere el sacrificio de mantener encendida su llama, requiere del esfuerzo de nuestra memoria. La memoria es el motor común de la poesía y de la pintura, ambas pretenden la pervivencia de una historia que constantemente estamos obligados a recordar y reconstruir. Es por esta razón que la pintura sólo puede tener como modelo válido a la propia pintura. Sólo tiene sentido pintar la pintura. Pintar la pintura no es copiar la pintura, es variar, cambiar, innovar, progresar. La novedad consiste en eso, en trasgredir el modelo conservando sus esencias.
El modelo utilizado por Delia Piccirilli, aunque parezca lejano en el tiempo, no es otro que el utilizado por Mark Rothko en la primera mitad de los años cuarenta, o por Cy Twombli, por poner dos ejemplos; la diferencia está en la deliberada evidencia de las referencias iconográficas y en la ambigua fidelidad al texto pictórico que se conserva en las transgresiones efectuadas por Delia Piccirilli.
Retomar temas e iconografías de pintores de épocas pretéritas no es una impostura, es, más bien, una práctica habitual en la pintura, olvidada en una modernidad que niega la historia y retomada por las estrategias del simulacro desarrollado por la posmodemidad. Pero Delia Piccirilli, en cualquier caso, no pretende ser una artista posmoderna, tiene sus ojos puestos más en el gozoso barroco que en la crítica y desguace de la modernidad. Su procedimiento está más cercano al de aquellas recreaciones -que no copias-que Rubens hizo de ciertos cuadros de Tiziano. En estos hermosos cuadros de Rubens aparecen las mismas figuras en la misma disposición que las pintó Tiziano, pero el cambio de aliento que asoma en los barrocos pinceles de Rubens convierte a los nuevos cuadros en obras novedosas. Esta misma sensación de novedad se advierte en la pintura de Delia Piccirilli, como también se advierte el mismo gozo en la creación de la obra y el mismo respeto por el modelo.
Interpretar la obra de un maestro es rendirle un homenaje, es intentar una pervivencia de las imágenes fuera del cuadro y del contexto en el que se crearon. Repetir es evidenciar las diferencias, es significar las divergencias. Estas obras que contienen sutiles y evidentes diferencias, inocentes transgresiones de la forma estimulan la memoria del espectador a través de los recursos paradigmáticos de una psicología que elude las diferencias para reconstruir una única imagen renovada de los antiguos mitos. En esta contemplación del arte a través del arte cobra sentido la ilustrada institución del Museo, de la casa donde moran las Musas, donde se guardan los ejemplos dignos de ser imitados, y que son la fuente de sabiduría en la que deben beber los artistas.
El tiempo, aparentemente detenido, en estos cuadros rehúsa las modas y las ideologías. Pintar se convierte en un acto físico, estrictamente visceral. El cuadro surge como algo superior a las figuras que contiene. El tema, de pronto, es simplemente un pretexto para pintar, para dejar correr los colores, para que el gesto de la mano que sujeta el pincel se libere.
Por esto, tal vez, las figuras rehúsen de mayor atención por parte de los colores o de las texturas, y la superficie de todo el cuadro cobra el mismo valor expresivo. En estos cuadros no se establece una preponderancia de la figura sobre el fondo. Más bien parece que el fondo, en muchas de las pinturas, tiene más interés que la propia figura. Pero la figura, con su potente valor icónico, latiendo fuertemente en su carácter paradigmático, se impone a pesar de su textura uniforme y su color plano. EI cerebro reconoce la imagen mientras el ojo escudriña las texturas de los fondos que siluetean a las figuras. El equilibrio entre fondo y figura oscila, el cuadro se turba y, entonces, el ojo ya no sabe dónde mirar porque no existe un centro único de atención en el cuadro.
Estos cuadros nos sugieren que la felicidad debe ser reencontrada, que se necesitan modernos pastores, transformados hoy en confusos y atribulados oficinistas, que descubren el testimonio que los antiguos nos dejaron en una inscripción que nos recordará que existió una Arcadia feliz. Esa inscripción, grabada con otros signos, encubierta en otros mensajes, puede ser desvelada, releída, en estos cuadros.
Texto para el catálogo de la exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santander 1989.