Si hasta fechas muy recientes se debatía en los círculos del arte la validez, la conveniencia y la oportunidad de las expresiones iconográficas contrarias a los modos indeterminados y a las escenografías abstractas, hoy la discusión se concentra en su oposición; quiere decirse que son los modelos figurativos los que imponen su idoneidad y abren la vía de la polémica sobre la obsolescencia y el vigor de los enunciados abstractos. Una lucha que ha planteado numerosas deserciones en la manipulación de los lenguajes, cuya consecuencia es comprobar cómo gran cantidad de artistas que parecían hallarse como pez en el agua entre las lenguas indefinidas han modificado repentinamente sus actitudes verbales y manejan sin ningún pudor un vocabulario de imágenes figurativas que nunca antes les habían sido familiares. Son muchos, pues, los que, al hilo del aparente desajuste de las modas, o supuestos cambios de criterio en las conductas artísticas y de demandas mercantiles, han volteado sus paletas al viento que parece soplar más tibio. Y esto no es ni bueno ni malo, en tanto no falte la honestidad.
El caso de Delia Piccirilli es impropio de los órdenes naturales que apuntamos más arriba. La inversión de sus debates altera lo que podríamos destacar como obvio: evolución coherente ateniéndose a lo acontecido. Delia, una vez más, camina contracorriente, abriéndose paso a empujones entre las copiosas multitudes que transitan calle abajo. Cuando las ciudades estaban alumbradas de luces inciertas e indefinidas fluorescencias, Delia iluminaba pequeños paraísos con escenas de clásicas mitologías, breves narraciones mediante cuerpos fabulosos cual mitógrafa (Helánico, Herodoro). No era un lenguaje al uso, tampoco la paráfrasis adecuada en los tiempos de una transición política que parecía demandar más acción, más atrevimiento, mayor teatralidad. Y Delia hizo uso literal de la palabra y no cambió ni siquiera una coma. Teatralidad, pues, teatralidad legendaria, el mito clásico.
A Delia adoptar este tipo de morfología mítica a modo de relato teatral no le iba a resultar nada complicado. La estrecha relación que Delia Piccirilli mantiene con el mundo del teatro desde hace muchos años no solo no le impedía desdoblar el papel que parecía asignar a diestro y siniestro el cambio de régimen sociopolítico, sino que le venía como anillo al dedo.
Representar o escenificar pasajes de la mitología clásica a modo de telones para dramaturgias de Esquilo, Sófocles o Eurípides le resultaban un doble deleite: por un lado la pintura, maniobrar con sus deseos artísticos, y por otro su continuidad con el mundo del teatro (su doble actividad). Sin embargo, esta inclinación figurativa con recursos de la Grecia y la Roma mitológica, en tiempos de apogeo y ebullición de los modelos abstractos, definían lo que es Delia Piccirilli: una autora impulsiva e indómita, dispuesta siempre a no dejarse abandonar a los signos de la moda, más por el contrario a ejercitar sus impulsos naturales y la realidad de sus emociones.
Una vez más, en esta exposición vuelve a quedar claro: descubrimos a una Delia Piccirilli atrevida y despojada de influjos por corrientes puntuales, de reclamaciones oportunistas. El talante de esta pintora la lleva no a contravenir las pulsaciones que parecen distinguir los gustos estéticos de cada momento histórico ni a oponerse a las ortografías en boga, sino a ser como ella misma es, imponiendo su cadencia.
Cada etapa cubierta ha supuesto una mínima transformación en sus planteamientos icónicos. El tránsito de la figura —aquella comentada de divinidades fabulosas de las civilizaciones antiguas— hasta esta de vaporosos manchones cromáticos no ha revelado, aunque lo pudiera parecer, variaciones bruscas ni molestas a la sensorialidad. La mutación ha transcurrido prudente y cautelosa, bajo atentos estudios formales. Metáfora, si se quiere, de las continuas y variables programaciones en las carteleras del teatro.
No podía resultar de otra manera. El espectáculo plástico que Delia Piccirilli nos ofrece en estos momentos responde a un cambio de actitud personal y de sensibilidad. Sus telas no contienen ninguna huella conocida. Sus criterios se han inclinado por desplegar un código pictórico de absoluto anonimato, tan solo siguiendo las demandas de una progresiva y profusa sensorialidad.
Telas repletas de colores, de vivísimos manchurrones en continua expansión a modo de corpúsculos iridiscentes y desvanecidos, que nos recuerdan a un Rothko encendido y apasionado. Para nada quiere esto decir que los cuadros de Delia Piccirilli sean estelas de aquel atormentado pintor. Las obras de esta se aproximan a las referencias de aquel en cuanto a la magnitud emocional de las manchas evaporándose por la tela, extendiéndose en sí mismas hasta límites inauditos e incontrolables. Las manchas, de esta manera liberadas, logran detenerse en un extremo increíble que las hace poseedoras de un alto grado de sensibilidad y belleza natural.
La pulsión de los tonos de color, que por su fuerza, atrevimiento y exultación nos recuerdan algunos aspectos de las provocativas pulverizaciones de Ed. Paschke, además de excitar nuestra mirada y reclamar nuestra atención espectadora con energía, logran describir una especie de aterciopelada involucración y tierna complicidad. El discurrir de los chorretones y su estructura organizativa, mediante una disposición de cuadrícula y de verticalidad y horizontalidad en algunos casos, nos permiten descubrir y discutir el aparente desconcierto formal y la abstracción resultante.
Las capas superpuestas, cayendo y diluyéndose por los fondos iniciales sobre telas de algodón virgen, dibujan paisajes de honda espiritualidad.
Si antes me refería a la doble actividad de Delia con el mundo del teatro y la pintura, por seguir el dictado de mi memoria con la dramaturgia clásica para imaginar fascinantes telones que bien pudieron ser descritos en las obras de Delia Piccirilli, ahora vuelvo a recurrir a esa doble función espiritual para decir que las morfologías que nos ocupan conducen a rememorar piezas teatrales contemporáneas (Lorca, Kantor, Fura dels Baus o el teatro negro checo), cuyos telones se nutren de la misma intensidad abstrusa e indefinida de la creatividad contemporánea, idéntica a las tesis actuales de Piccirilli.
Referir o teatralizar —argumentar, en este caso— las intenciones plásticas de esta autora en dos vertientes espectaculares responden al hecho de que la obra propone ambos caminos resolutivos. El primero, consubstancial en sí mismo, conviene en referir la facultad directamente emocional como consecuencia de la apariencia cromática, la escena pictórica. Contemplar estos cuadros nuevos, acompañados de una magia envolvente y seductora, simulando algodones encendidos, proporciona un placer calmo.
El segundo de los caminos nos dirige a una hipótesis ornamental: pinturas ejercitadas para complementar obras maestras de teatro e iluminar sus fondos. Telones para detener la mirada y multiplicar las sensaciones de gozo. Mundo de ensueños.
José Manuel Álvarez Enjuto
Marzo, 1998
Texto para el catálogos de la exposición en la galería Almirante de Madrid